Sobre irse a vivir a otro país y la aerosinusitis.
Volviendo a febrero 2005, ese día caminando por Amsterdam se me cruzó por la cabeza irme a vivir a otro país. ¨¿Cómo se hace?¨ me preguntaba, preguntaba.
Hace varios días que tengo en la cabeza empezar un texto con la frase ¨siempre quise ir a vivir a otro país¨. Ahora que lo tengo acá conmigo no sé bien qué más escribir, e igualmente mis dedos se mueven a una velocidad altísima por encima del teclado. Este teclado de MacBook no hace el mismo ruido que EL teclado, EL teclado IBM que tuve toda mi vida en las casas de mi infancia, adolescencia y eterna juventud. El teclado IBM era el teclado delator. Nadie, absolutamente nadie, podía estar en la compu sin que otro alguien lo supiera. El teclado IBM se podía lavar. Para eso había que sacarle tecla por tecla y después secarlas. No creo que lo hayamos hecho muchas veces, el teclado IBM estaba siempre medio negro. Obviamente que la tecla de espacio hacía un ruido diferente que la de enter, y ni hablar la tecla de backspace. En fin. De irme a vivir a otro país al teclado IBM.
Ahora que vivo en otro país pienso que todos los otros-países a donde no me fui a vivir pero en los que quise hacerlo, me trajeron hasta acá. Ayer íbamos en el auto y se ve que la ruta tenía algo que hacía que el ruido al andar mezclado con el movimiento medio bumpy pareciera el camino del despegue. La pista nunca está del todo lisa, le dije a Xav. Tenés razón, me dijo, cuando le dije que sentía que estábamos por despegar, o algo así. Unas ganas de avión tengo. Tantas ganas que cuando el lavarropas centrifuga me imagino los motores, las hélices gigantes que vemos cuando hay que subir al avión sin manga. Porque es re cara la manga, creo que es por eso que algunas compañías no la usan. En fin. El lavarropas y el auto me hacen pensar en volar, lo único es que ayer era la pista eterna. Intenté imaginar el momento en el que el avión se separa del suelo y hasta levanté un poquito las piernas, simulando el movimiento natural que a veces hace el cuerpo cuando sentimos ese despegar. Qué lindo es despegar. Siempre me agarro de los apoyabrazos durante el despegue, y durante el aterrizaje. Las maniobras de aterrizaje son mis menos favoritas. ¿Se dice eso? ¿Menos favoritas? Durante una de esas maniobras feas y aterrizando en Panamá, descubrí que tenía aero-sinusitis. El dolor que sentí me dio mucho miedo. Me enteré que era eso porque apenas me bajé del avión me puse a googlear qué es lo que había vivido. Primero me compré un analgésico y una botella de agua. Tenía un rato hasta tener que subirme al siguiente avión destino a Guatemala. Iba a visitar a Pao. Aerosinusitis. No se lo deseo a nadie. Me dolía la cabeza pero el dolor era puntual sobre cada ceja. Pensé que me estaba pasando algo raro, quería llorar, miraba por todos lados pensando que las personas se daban cuenta de lo que (me) estaba pasando. Pues no. Se fue pasando de a poco y creo que el analgésico fue suficiente como para no volver a sufrirlo durante el aterrizaje en Guate. Unos meses después, y antes de viajar a San Pablo en octubre del 2018, fui al otorrino y me dio un ¨chuf chuf¨ (¿Todxs lo llamamos así, no? Es más divertido que decirle spray) que tengo que ponerme media hora antes del despegue y media hora antes del aterrizaje. Creo que está vencido, me tengo que fijar. Pero qué bueno fue saber que no era algo grave, que no tenía una enfermedad ligada a volar. Bueno, tal vez tenía la nariz tapada, no se. No quisiera que mi aerosinusitis me impida volver a intentar bucear.
Una vez probé bucear pero como estaba saliendo de un resfrío no pude ir muy profundo, sentí mucho dolor de oídos y a ese dolor es mejor no desafiarlo ni un poquitito. Vi algunos peces, salí a la superficie frustrada y con ganas de saber que algún día iba a poder volverlo a intentar. Aún no tuve la oportunidad. Acá en Bretaña algunas personas bucean. No son las aguas de Camboya, pero bueno, son igual o más azules pero mejor ni hablemos de la temperatura.
Acá la gente se compra el traje de neoprene para ir al agua. Todavía no me compré. Me gusta sentir el contacto del agua con mi piel pero es cierto que las temperaturas del mar bretón no son las más amigables.
La primera vez que me metí a un agua calentita, o al menos el recuerdo de esta experiencia como la primera, fue en Playa del Carmen. No lo podía creer. Me estaba metiendo al agua de una. Sin mojarme los pies ni las muñecas primero. Corrí al agua. Estaba tibia, deliciosa, dulce. Yo digo que el agua está dulce cuando la siento como una caricia. La caricia es dulce, el gusto es salado. No recuerdo bien si ese día me saqué el corpiño de la bikini. Pero lo hice el último verano en la Isla de Houat, en el golfo de Morbihan, acá por estos pagos, un poco más al sur. Qué hermosa es la sensación de nadar en tetas por favor. Libertad. Igualmente no uso corpiño desde hace muchos años ya. Me encanta.
En fin, no sé si me voy a comprar un traje de neoprene o si antes de hacerlo nos vamos a mudar a un lugar más cálido.
Qué falta me hace el sol. Y cuánto extraño a mi familia. Mucho, muchísimo.
Siempre quise irme a vivir a otro país y heme aquí. En Francia, en Bretaña, más cerca de Inglaterra que de París, contesto a veces cuando alguien me pregunta dónde estoy. Así se dan una idea. Y yo siempre que lo escribo, o lo digo, siento unas ganas enormes de cruzar la Mancha, visitar Inglaterra de nuevo, hablar en inglés.
El amor me trajo hasta acá. El amor propio y el amor de y hacia un otro. Recomiendo altamente este camino, es el mejor viaje de mi vida.
Tbc.
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